Las niñas de mi época solían tener un diario donde escribían de todas aquellas cosas cursis y sus castillos de fantasías, como aquel beso que les dio el chico que les gustaba, la pelea con su amiga, ese amor platónico; O simplemente guardaban aquella esquela o flor de quién llamaban su novio.

Mientras yo, tenía mi cuaderno de dibujo.

Desde que tenía 12 años, empecé a descubrir ese gusto por dibujar. Al principio, solo eran esas caricaturas que muchos conocen: Bugs Bunny, El Demonio de Tazmania, Marvin, entre otros, y no quedaban mal, era una epoca de inociencia; Como recuerdo que a todos mis compañeros de colegio no les resultaba fácil y la idea de la clase de artística era aprender hacerlo. Así que el realizar una cuadrícula sobre aquella imagen que quieres dibujar y copiar la figura de cada cuadro, los hacía sentir un dibujante.

Sin embargo, para mí era un dolor de cabeza. Por eso, sin que la profesora se diera cuenta primero realizaba el dibujo y luego trazaba la cuadricula. ¡Detestaba hacer trampa! pero no iba a permitir un cero en mis notas. Nada podía quitarme mi estatus de nerd.

Tiempo después, encontré en el dibujo esa manera de aguantarme esos profesores aburridos. Las hojas de los cuadernos de colegio se convirtieron en pequeños lienzos en los que entre un trazo y otro iban saliendo figuras que se convertían en una versión mejor que la anterior. No obstante, a mis padres les iba a dar una ulcera al encontrar más garabatos que lecciones aprendidas. Y así fue, como finalmente, en un viaje, encontré en medio de anaqueles un cuaderno del tamaño de una hoja carta, con pasta dura negra, argollado, y papel especial.

Ese cuaderno no es sólo un montón de trazos que para otros no tienen sentido. Ese cuaderno es el relato de cada una de mis tristezas, de esas cosas que han dolido; es el relato de algunas alegrías, de esas cosas que han inspirado; Ese cuaderno es mi diario.

Esos dibujos, esas líneas sin sentido, llegaron a convertirse en la única manera en que mi ser lograba sacar todo aquello que llevaba dentro.

Fui una chica tímida, así no lo crean, de esas que poco hablaba y que su sentir callaba. Por lo cual, ese cuaderno fue el que me salvo de esos largos días de tristeza y desesperanza en los que podía llegar a lastimarme a mi misma; Como cuando falleció mi abuela y yo me negaba rotundamente a ir a su funeral; como cuando me rompieron el corazón porque me pusieron los cuernos. O, por otro lado, se volvió mi confidente de amores. Aunque muchas veces se quedó con la duda de saber quién era, pues sus rostros quedaron inconclusos.

Con el pasar de los años y cada experiencia dulce y agria que trajo consigo la vida, me enseñó a ser estridente y aplicar el importaculismo, ¡soy como soy!, y el dejar de atrapar cada sentimiento en una hoja. Así que aquel cuaderno, fue cubierto de polvo en mi armario y quedo en el olvido.
No obstante, en uno de esos momentos que sientes que es hora de renovar, de limpiar, de liberar, de mandar a la mierda todo aquello que no sirve. Me encontré frente aquel cuaderno; fue lindo volver a tocar sus hojas, repasar cada una de ellas y sentir que sus trazos ya no dolían, que todo valía poco. Por lo tanto, pase la última hoja usada e inicie algo nuevo.

Se sintió un alivio cuando en uno, dos, tres, muchos trazos volví a dejar en sus hojas algo de mi sentir. Ese sentir que se encuentra en cada curva de mi cuerpo.
Mi emoción fue tanta, que lo tomé en mis manos al salir una mañana y en medio del afán de realizar todas las tareas del trabajo, de atender los requerimientos de cada cliente, el llegar a tiempo y la inconsciencia a la que te lleva la cotidianidad, lo dejé tirado en un taxi.

¡La verdad! no es raro que dejé algo tirado por estar de afanes y solo darme cuenta que ya no estaba conmigo una hora después. Sin embargo, no me preocupe, ni quise hacer nada por recuperarlo; En ese momento solo pensaba en que así debía pasar, en que quizás era momento de otro cuaderno y nuevas historias, en la pérdida de tiempo cuando buscas recuperar algo que ya esta perdido.
Quién me acompañaba aseguró que cuando nos vimos no lo llevaba y me recomendó que llamará a las empresas de taxi. A lo cual yo le conteste: ¡no! Si habría de volver, el cuaderno encontraría la manera de regresar a mi mano.

Mientras tanto, aquel cuaderno se dedicó a recorrer la ciudad. A ver esas cosas que quizás yo nunca he visto, a conocer aquellas personas que nunca lo deje conocer o dándose a conocer en ese mundo del cuál siempre lo he escondido. Pues muchos ven mi mundo lleno de colores, el lienzo que hago de mi cuerpo, pero ese cuaderno solo es una paleta de grises que nadie o pocos han visto sus páginas, es la parte más lúgubre de mi ser.

Pasaron 7 días. Sietes días en los que no quise pensar en aquel cuaderno, dejé de preocuparme y dejé la vida fluir. Para finalmente, sentarme a escribir la historia de aquel cuaderno que hoy regresa a mis manos.
Que después de deambular por el mundo, fue encontrado en una pastizal con algunas hojas maltrechas, por alguien que en medio de su curiosidad busco ese nombre que puse en su primer hoja cuando tan solo tenía 14 años.

Encontró la manera de volver a mis manos para seguir dibujando esa historia de grises que cuenta mi vida.

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